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domingo, 25 de marzo de 2012

El día que Einstein murió...

Albert Einstein, cuyas teorías formaron y transformaron nuestras ideas de cómo funciona el universo, falleció el 18 de abril de 1955, de insuficiencia cardíaca. Tenía 76 años. Su entierro y cremación fueron asuntos privados, y sólo un fotógrafo logró capturar los eventos de ese día: Ralph Morse de la revista LIFE.

Armado con su cámara y una caja de whisky -para abrir puertas y soltar la lengua- Morse compiló en silencio la muerte de un icono del siglo 20. Pero aparte de una imagen ahora famosa- de la oficina de Einstein, exactamente como él la dejó, tomada horas después de su muerte. Morse tomó aquel día imágenes que nunca fueron publicadas a petición del hijo de Einstein, quien pidió que la privacidad de la familia fuese respetada mientras se lamentaba, por lo que los editores de LIFE optaron por no publicar la historia completa, y durante más de cinco décadas las fotografías de Morse estaban en los archivos de la revista, ocultas y olvidadas.

Hoy día esas fotografías fueron reveladas y se presentan a continuación...


La famosa fotografía de la oficina de Einstein tomada horas después de que el físico falleciera, Princeton, New Jersey, Abril 1955.


Trabajos de Einstein, pipas, ceniceros y otros objetos personales en su oficina de Princeton el 18 de abril de 1955. Después de recibir una llamada esa mañana de un editor de LIFE diciéndole que Einstein había muerto, Ralph Morse tomó sus cámaras y se dirigió al norte de Nueva Jersey en Princeton. "Einstein murió en el Hospital de Princeton," Morse recuerda, "así que me dirigí allí primero, pero era un caos.. Periodistas, fotógrafos, curiosos ... Así que me dirigí a la oficina de Einstein; en el camino me detuve y compré whisky... sabía que la gente puede ser reacia a hablar, pero la mayoría de la gente está contenta de aceptar una botella de alcohol en lugar de dinero a cambio de su ayuda. Así que llegue al edificio, encontré al intendente, le dí whisky, y así, se abre la oficina."


Por la tarde, el cadáver de Einstein fue trasladado en corto tiempo del hospital a una funeraria en Princeton. El ataúd, simple, contenía el cadáver después de la autopsia, sólo estuvo en la funeraria por una hora. Morse hizo su camino, y pronto vio a dos hombres cargando el ataúd al coche fúnebre. Todos lo sabían, el entierro de Einstein era inminente. Rápidamente se dirigió al cementerio de Princeton.


Morse recuerda: "Conduje al cementerio para tratar de encontrar donde Einstein iba a ser enterrado... Veo un grupo de chicos cavar una fosa, le ofrezco whisky, les pregunto si saben algo y uno de ellos dice, 'Él estará siendo incinerado en unos veinte minutos. En Trento.. Salto en mi coche, llegó a Trenton y al crematorio justo antes de que los amigos y la familia de Einstein aparece. "En la foto, de izquierda a derecha: una mujer no identificada, el hijo de Einstein Hans Albert (en traje), una mujer no identificada, la antigua secretaria de Einstein Helen Dukas (en el abrigo), y el Dr. Bucky Gustav (parcialmente oculto detrás de Dukas) llegan al Crematorio Ewing en Trenton, en la tarde del 18 de abril de 1955.




Amigos y familiares se dirigen a sus coches después del servicio de Einstein. La ceremonia fue breve: el amigo de Einstein, Ottón Nathan, un economista de Princeton y co-albacea de la herencia de Einstein, leyó algunas líneas del gran poeta alemán, Goethe. Inmediatamente después del servicio, los restos de Einstein fueron incinerados.


El Dr. Thomas Harvey (1912 - 2007) fue el patólogo que realizó la autopsia de Einstein en el Hospital de Princeton en 1955.. Harvey creo polémica al hacer creer que removió el cerebro de Einstein cuidadosamente cortado en secciones y después lo mantuvo durante años con fines de investigación creando muchas intrigas por esto . Sin embargo: el día en que Einstein murió, Ralph Morse fue capaz de tomar algunas fotografías rápidas del Dr. Harvey en el hospital. Morse dice que estaba seguro de que eso no era el cerebro de Einstein bajo el bisturí del Dr. Harvey en esta imagen inédita. En una entrevista con Morse, después de una pausa, Morse dice: "Sabes, tenía cincuenta y cinco años. No recuerdo todos los detalles. Por lo tanto, lo que le estaba cortando allí ... " Sus palabras quedan suspendidas en el aire. Luego, con picardía, Morse se ríe...

martes, 11 de octubre de 2011

Steve Jobs...






..."Ser el más rico del cementerio no es lo que me importa, acostarme por las noches pensando que he hecho algo genial... eso es lo que más me importa..." Steve Jobs

Nosotros vamos a morir...



..."Nosotros vamos a morir, y eso nos convierte en los afortunados. Mucha gente nunca va a morir porque nunca nacerán.

Las posibles personas que podrían haber estado aquí en mi lugar, pero que de hecho, nunca verán la luz del día excede en número a los granos de arena del desierto del Sahara.

Por supuesto aquellos fantasmas sin nacer incluyen poetas más importantes que Keats, científicos más importantes que Newton.

Nosotros sabemos esto porque el conjunto de posibles personas permitidas por nuestro ADN excede tan masivamente al conjunto de personas reales. A pesar de estas asombrosas posibilidades somos tú y yo, en nuestra normalidad, los que estamos aquí.

Nosotros, los pocos privilegiados, que ganamos la lotería de la vida en contra de todas las probabilidades, ¿cómo nos atrevemos a lloriquear por nuestro inevitable regreso a ese estado anterior del cual la inmensa mayoría nunca ha despertado?..."

miércoles, 20 de julio de 2011

El cerebro de un Zombi...

Empezó como una especie de broma y ha terminado dando lugar a varios artículos, entrevistas, infografía e incluso investigaciones. En colaboración con la "Zombie Research Society" (Sociedad para la Investigación de los Zombis), el neurocientífico Bradley Voytek y su colega Timothy Verstynen han analizado el comportamiento de los zombis que aparecen en cómics y películas desde un punto de vista neurológico, y el resultado es entender sus desórdenes y así evitar un hipotético ataque (XD jaja).

"Este trastorno, al que hemos bautizado como "Trastorno Hipoactivo de Déficit de Conciencia", escribe Voytek, "se caracteriza por la pérdida del comportamiento racional, voluntario y consciente y su sustitución por agresiones compulsivas, atención conducida por estímulos y la incapacidad de coordinación motora y lingüística".
Traducido: los zombis tienen el cerebro hecho papilla y para demostrarlo, Voytek y su colega han reconstruido el hipotético escáner cerebral de un zombi en comparación con el humano. Las áreas el color naranja son las zonas destruidas en el cerebro de un "muerto viviente":

Este nivel de daños cerebrales, aseguran los científicos, conduce a un patrón de violencia y apatía social y los pacientes tendrían "pocas posibilidades de rehabilitación", bromean. De hecho, añade Voytek, la única recomendación posible sería la inmediata puesta en cuarentena del individuo afectado, aunque se atreven a dar algunas instrucciones básicas para defenderse de un ataque, en función de las características que los zombis presentan de forma habitual:

1. Daños en el cerebelo: ataxia

Este daño en el cerebelo explicaría su movimiento lento y descoordinado característico de los zombis, por lo que la primera opción es correr o subirse a un lugar elevado. En cualquier caso, advierten, hay que tener cuidado con una segunda clase de zombis, los zombis "rápidos", que no tienen este problema y son mucho más peligrosos.

2. Daños en el lóbulo temporal: mala memoria
Otra de las características de los zombis es que enseguida olvidan lo que estaban haciendo. El daño en el lóbulo temporal provoca un problema con la creación de recuerdos, de modo que permanecer un rato escondido es una buena estrategia, hasta que el zombi se distraiga con otra cosa.

3. Daños en la corteza parietal: no sienten dolor.
Si no puedes matar a un zombi arrancándole la cabeza es mejor que no luches con él, porque ellos no sienten dolor y tú sí. Esta característica se explicaría por los daños en la corteza parietal.

4. Síndrome de Bálint.
Parte de estos daños en la corteza parietal explicaría que los zombis sean víctimas del síndrome de Bálint, una enfermedad que se manifiesta en dificultad de mover los ojos y calcular distancias, de modo que no resulta difícil escapar de su mirada y distraerlos.

5. Síndrome de Capgras
"Curiosamente", apunta Voytek, "los zombis también parecen sufrir alguna forma del síndrome de Capgras", es decir, no reconocen a los familiares ni a las personas que apreciaron en vida. Por eso, si no puedes huir, imitar sus movimientos puede ser una buena estrategia para que te consideren uno de ellos.

6. Daños en la corteza prefrontal: imposible comunicarse.
Finalmente, los daños en la corteza prefrontal harían imposible cualquier intento de comunicarse con un zombi o tratar de hacerle entrar en razón. Es decir, a pesar de que puede ser uno de tus seres queridos, no hay razonamiento con ellos. Su corteza prefrontal, así como la producción del lenguaje y las áreas de comprensión, están tan dañados que no hay ninguna posibilidad de comunicación. "¡No seas víctima de tu propia ignorancia del cerebro!", bromean los autores.

Por supuesto, estos aspectos no pretenden hacer burla de las personas con daños cerebrales, ni decir que estas personas con daño cerebral sean zombis, son solo un intento de enseñar algo de ciencia de forma divertida. Si alguien aprende algo sobre el cerebro en el camino, tal como señala Voytek, se habrá alcanzado el objetivo.

sábado, 28 de mayo de 2011

Calendario del apocalipsis...

Hace varios días que Harold Camping anunciaba que el inicio del juicio final llegaría el 21 de mayo del 2011, el plazo se cumplió y no ha pasado nada. Pero el no ha sido el unico que ha anunciado el fin del mundo... ya que a lo largo de la historia han sido muchas personas las que han vaticinado este hecho, motivo por el cual les dejo esta información obtenida del calendario apocalíptico que anda circulando por la web...

Según diferentes predicciones, cada año puede ocurrir el fin del mundo. ¿Cuántos Apocalipsis ya hemos sobrevivido y cuántos están por venir?

21.05.2011
Predicador Harold Camping, EEUU
Con base a un estudio comprensivo de la Biblia y cálculos matemáticos, predijo que (según los cálculos) el 21 de mayo pasarán justamente 722 500 días desde la crucifixión de Jesucristo. Este número es resultado de la multiplicación doble de las tres cifras santas, 5, 10 y 17.


22.09.2012
Grupo de Científicos de la NASA y la Academia de Ciencias de EEUU
Con base en cálculos, el pulso electromagnético provocado por una fuerte erupción solar dejará inoperativos por largo tiempo prácticamente todos los equipos electrónicos e instalaciones energéticas causando millones de muertes.


21.12.2012
Los mayas
Su profecía indica que acabado el quinto ciclo solar, Tierra, Júpiter, Marte y Saturno formarán una conjunción, con el Sol en el centro. Intensos flujos de energía atravesarán la atmósfera terrestre lo que resultará en el fin del mundo, acorde a las interpretaciones.


21.12.2012
Los antiguos sumerios
Su profecía indica que el planeta Nibiru, al pasar junto a la Tierra, provocará inversión de polos magnéticos y alteración de la órbita terrestre. La gravedad desplazará gigantescos volúmenes de agua aniquilando a todo ser vivo. En 1982 la NASA reconoció la posibilidad de que el planeta Nibiru pueda existir. En un futuro post expondré lo que sucedería a mayor detalle si los se diera una inversión de los polos.


2013
El astrofísico Piers Van der Meer, de Holanda, tiene la teoría de que ocurrirá una Explosión Solar.


2014
El astrofísico Habibullo Abdusamatov, de Rusia, afirma en su teoría que comenzará una nueva edad de hielo.


2014
El clarividente Vanga, de Bulgaria, señala en su Profecía que la gente padecerá abscesos, cáncer de piel y otros males a consecuencia de la guerra química que comenzará en 2011. Causará millones de muertos.


2016
El Climatólogo James Hansen, de EEUU, según cálculos este año debido al derretimiento de los glaciares, la mayor parte de la Tierra quedará inundada.


2018
Nostradamus, Francia. Su profecía afirma una Guerra Nuclear.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Fenómenos paranormales y tu cerebro...

Experiencias extracorporales (o no??).... ¿Por qué el cerebro nos engaña?


En el año 1955, mientras realizaba una operación de epilepsia, el neurocirujano canadiense Wilder Penfield estimuló una zona del cerebro de su paciente que le provocó un sobresalto. “Estoy abandonando mi cuerpo”, aseguró el sujeto mientras el médico estimulaba eléctricamente su giro angular. Aquella fue la primera demostración de que muchas de las impresiones supuestamente paranormales que experimentan algunas personas tienen una base neurológica que puede explicar el fenómeno. Décadas de experimentos y estimulación cerebral han llevado a los neurocientíficos a identificar las zonas del cerebro y los procesos que entran en acción durante una de estas experiencias. Abducciones, encuentros demoníacos, auras y demás experiencias místicas pueden tener una explicación científica algo más prosaica pero no menos fascinante. Éstas son algunas de las respuestas que da la neurociencia.


Se dice que las experiencias sobrenaturales son fruto de las alucinaciones visuales y auditivas que sufre nuestro cerebro.

“Estoy en el techo”
“Si nos estimulan la corteza parietal derecha con un electrodo (mientras estamos despiertos y conscientes)”, escribe el prestigioso neurocientífico V. S. Ramachandran, “por un instante parecerá que flotamos cerca del techo y veremos nuestro cuerpo abajo”. La experiencia de abandonar el propio cuerpo no sólo está asociada con las vivencias cercanas a la muerte, el consumo de algunas drogas como la ketamina o situaciones extremas como las que viven los pilotos de caza, también ha sido recreada en el laboratorio. La clave está en estimular una zona concreta del hemisferio derecho del cerebro conocida como giro angular.

Siguiendo los pasos del pionero Wilder Penfield, el neurólogo suizo Olaf Blanke, del Hospital Universitario de Ginebra, ha comprobado los efectos de la estimulación de esta zona en alguno de sus pacientes. En diciembre del año 2000, una mujer de 43 años llamada Heidi entró en el quirófano del doctor Blanke para tratar de encontrar una solución a su epilepsia. Como en otros muchos casos, los médicos colocaron decenas de electrodos en su cerebro y los fueron activando alternativamente hasta llegar al giro angular. La mujer se detuvo entonces y les dijo a los doctores que se encontraba en el techo del quirófano y que veía su propio cuerpo desde allí arriba. “Estoy en el techo”, exclamó, “estoy mirando hacia abajo, a mis piernas. Les veo a los tres”.

En el año 2007, The New England Journal of Medicine publicó una experiencia parecida a cargo de médicos británicos y holandeses. Una mujer de 63 años aquejada de tinnitus (un ruido persistente en el oído) reportó que estaba saliendo de su cuerpo cuando los electrodos estimularon su giro angular, y que se encontraba a sí misma desplazada 50 centímetros por detrás de su cuerpo y un poco a la izquierda. Las experiencias duraban alrededor de 17 segundos y se descartó cualquier efecto placebo.

¿Qué sucede durante estos breves períodos de tiempo en que uno se siente fuera de su cuerpo? Los científicos aseguran que estas áreas del cerebro están directamente relacionadas con la percepción que tenemos de nosotros mismos, la orientación y el equilibrio vestibular. Una estimulación del giro angular derecho puede alterar esta percepción y provocar esta especie de ilusión de encontrarse fuera de uno mismo. ¿Y las personas que lo experimentan sin estimulación “artificial” de la zona? “Una explicación del fenómeno”, escribe Sandra Blakeslee en su libro “El mandala del cuerpo” (La liebre de marzo, 2009), “es la alteración en el flujo sanguíneo. Grandes arterias convergen cerca del giro angular dentro de nuestro cerebro. Si algo comprime esta área, nuestras sensaciones corporales pueden llegar a desorientarse. Podemos llegar a sentir que nuestro cuerpo está flotando sobre la mesa de operaciones o la escena de un accidente de tráfico”.

Una luz al final del túnel


James Whinnery es cirujano de la Marina estadounidense y lleva desde los años 70 realizando pruebas con pilotos de cazas. Para ello utiliza una centrifugadora con un brazo de 15 metros y una pequeña cabina que gira a toda velocidad y simula las fuerzas G que tienen que soportar los pilotos durante el vuelo. Durante los últimos veinte años, Whinnery ha sometido a la prueba a más de 500 pilotos para estudiar el fenómeno conocido como “black out”, el momento en que el cerebro de los pilotos empieza a quedarse sin oxígeno, se produce la visión de túnel y terminan perdiendo el conocimiento. De los 500 pilotos, al menos 40 vivieron la experiencia de salir de su propio cuerpo y algunos relatan experiencias parecidas a las cercanas a la muerte.

Durante las pruebas, los pilotos han llegado a alcanzar hasta 12G durante unos instantes, cerca del límite que les provocaría la muerte. Cada desmayo dura un promedio de entre 12 y 24 segundos y los pilotos relatan experiencias parecidas a las que otros compañeros han vivido alguna vez en vuelo: verse fuera del avión, sentado en un ala, o colocados junto encima de la cabina mientras se ven a sí mismos desde arriba. Entre el 10 y el 15% relatan experiencias similares a las cercanas a la muerte, con la característica luz al final de un túnel.

Esta experiencia tan común entre las personas que han sobrevivido a un accidente grave aún no tiene una explicación oficial, pero son muchos los indicios que apuntan a que la respuesta está en el cerebro. Algunos investigadores, como el doctor Richard Strassman, de la Universidad de Nuevo México, aseguran que la glándula pineal segrega un alucinógeno natural llamado Dimetiltriptamina (DMT) que produciría la experiencia del túnel y las visiones. Otros, como el doctor Birk Engmann, de la Universidad de Leipzig, aseguran que la ausencia de riego sanguíneo (anoxia) está detrás del carrusel de visiones que se desatan en el momento que precede a la muerte. La sensación placentera o de euforia, también descrita por los pilotos antes de los desmayos, se atribuye a la segregación de sustancias como la dopamina o la serotonina, aunque aún no está claro cuál es la respuesta exacta que está detrás de todos estas experiencias.

La doctora Willoughby B. Britton, de la Universidad de Arizona, ha hecho un estudio que plantea una tesis aún más atrevida. Para su experimento tomó a 23 sujetos que habían tenido una experiencia cercana a la muerte y un grupo de control sin experiencia ni ningún tipo de estrés post-traumático. Tras escanear sus cerebros mientras dormían, descubrió que los patrones de sueño de unos y otros eran muy diferentes y encontró que una parte significativa (hasta un 20%) de los que habían visto la luz al final del túnel mostraban el mismo patrón en el lóbulo temporal que los enfermos de epilepsia y mayor actividad en la zona asociada con las vivencias místicas y religiosas. En su opinión, estas diferencias son significativas e indican que la diferencia de actividad en el lóbulo temporal tiene que ver con las alucinaciones generadas durante las experiencias cercanas a la muerte.

¿Auras? ¿Energía? No, sinestesia


Si hacemos caso a los parapsicólogos, parece que los seres humanos caminamos por la vida irradiando un halo de “energía vital” a nuestro alrededor que ellos conocen como “aura”. Aparte de que la existencia del alma o de los “chakras” no se sostiene empíricamente, la ciencia empieza a encontrar otras posibles explicaciones a la percepción del fenómeno en algunas personas, relacionadas con una propiedad del cerebro conocida como sinestesia. El grupo de investigación de Neurociencia Cognitiva de la Universidad de Granada lo define como “una facultad poco común que tienen algunas personas, que consiste en experimentar sensaciones de una modalidad sensorial particular a partir de estímulos de otra modalidad distinta”. Es decir, personas que ven una letra o una nota musical y la asocian automáticamente a un color, entre otras sensaciones.

Un estudio publicado en 2004 por el doctor Jamie Ward, de la Universidad de Londres, documentaba el caso de una paciente capaz de identificar auras de colores sobre las personas debido a un caso de sinestesia emoción-color. A pesar de que ella no creía tener ningún tipo de poder sobrenatural, identificaba las personas a las que conocía con un color determinado y esta respuesta emocional le hacía ver un “aura” alrededor de ellos cuando los tenía frente a sí.

Algunos neurocientíficos se plantean si este modo de sinestesia no puede estar detrás del fenómeno conocido durante siglos como aura. De este modo, lejos de tener que ver con vagas energías y espíritus indetectables, el aura tendría su origen en una peculiaridad del lóbulo parietal de algunas personas.

En cualquier caso, cada vez que se ha sometido públicamente a prueba la supuesta capacidad de uno de los autoproclamados “detectores de auras” los resultados han dado la razón a los escépticos. James Randi llevó a uno de estos individuos a su programa y no fue capaz de asociar correctamente las personas que se escondían detrás de un biombo con sus respectivos halos energéticos. En otros casos, los supuestos videntes no han sido capaces de saber siquiera que lo que se escondía detrás del biombo no era una persona sino un maniquí.

Íncubos, abducciones y falsos recuerdos


Algunas de las experiencias esotéricas más conocidas tienen como protagonistas a los llamados “visitantes de dormitorio”. Criaturas demoníacas que poseen nuestro cuerpo, alienígenas que nos secuestran en mitad de la noche y nos someten a todo tipo de pruebas o vejaciones. Afortunadamente, si usted ha tenido una de estas experiencia parece casi descartado que sufra un trastorno mental grave. Lo que indica la ciencia es que casi con total certeza ha sido víctima de un episodio de “parálisis del sueño” y de una alucinación hipnogógica.

Mientras dormimos, nuestro cuerpo queda parcialmente paralizado, entre otras cosas, para evitar sobresaltos innecesarios y que nos pongamos a dar pedales si soñamos que estamos subiendo una pendiente. En ocasiones, en este estado “hipnogógico”, la persona recobra momentáneamente la conciencia y sigue paralizado durante un buen rato. En este estado entre la vigilia y el sueño se producen alucinaciones bien documentadas en los laboratorios del sueño. La persona no se puede mover y siente que la trasladan o que seres imaginarios la secuestran y manipulan. Aunque la víctima asegura estar despierta y recordar todo lo que sucedía a su alrededor, los experimentos demuestran que buena parte de los sujetos ni siquiera abre los ojos.

Estas alucinaciones han sido interpretadas de diferente manera en función de la época y la cultura. Durante siglos, en Europa, las víctimas de este fenómeno hablaban de visitas de íncubos y súcubos, o de brujas que les llevaban a volar en plena noche. En China se interpreta como la visita de un fantasma inoportuno, en Nigeria es un “demonio en tu espalda” y en Turquía es una criatura que se sienta en el pecho y roba la respiración. En la sociedad occidental, al cambiar los parámetros culturales, se cree que muchos de los testimonios de supuestas abducciones alienígenas no son más que una reinterpretación de este mito causado por la parálisis del sueño y por el fenómeno de los “falsos recuerdos”.

Jesucristo en una tostada


La evolución de nuestro cerebro le ha llevado a desarrollar algunas características muy peculiares pero esenciales para nuestra supervivencia. Por un lado tiende a recopilar los fragmentos de información y a completar los huecos, y por otro es especialmente bueno en el reconocimiento de caras. Éstas y otras características explican un fenómeno conocido como “pareidolia”, el que lleva a algunas personas a distinguir la cara de un santo en las humedades del techo o los ojos y la boca del hombre en la Luna. Es decir, vemos caras o patrones reconocibles donde sólo hay estímulos al azar.

Nuestra capacidad para juntar información e interpretarla puede habernos proporcionado una ventaja evolutiva. Para explicarlo, se pone el ejemplo del hombre primitivo que ve varias manchas amarillas tras un matorral y cuyo cerebro decide interpretar que detrás hay un tigre: es probable que el que no reuniera la información a tiempo no consiguiera que sus genes llegaran muy lejos. Por otro lado, la capacidad para reconocer caras frente a cualquier otra disposición geométrica en el espacio, se ha comprobado sistemáticamente en los bebés y tiene un componente innato.

De acuerdo con la neurociencia, el fenómeno psicológico de la pareidolia está detrás de experiencias paranormales tan variadas como las apariciones marianas, la visión de ovnis o las experiencias con fantasmas. Como sucedía con las visiones de dormitorio, tendemos a interpretar estos sucesos en función de unos patrones culturales que ya tenemos y que el cerebro utiliza a modo de filtro. Este tipo de ilusiones no son solo visuales, sino también auditivas. El experimento del psicólogo Christopher French, que en España emula con éxito el periodista Luis Alfonso Gámez, consiste en reproducir un fragmento al revés de una canción de Led Zepelin ante un auditorio. Cuando el experimentador da unas pautas para interpretarlo en términos satánicos, nuestro cerebro ya no puede dejar de oírlo.

Todos estos fenómenos, y muchos otros, empiezan a ser aclarados a la luz de la neurociencia y otras ramas experimentales. Aún queda un largo camino por recorrer, pero el conocimiento de nuestro cerebro permitirá algún día conocer perfectamente los mecanismos que nos llevan a extremos como la visión de alienígenas, fantasmas y a generar todo tipo de supersticiones. Hasta entonces, no podemos más que agarrarnos a lo que dicen los experimentos y los hechos que se pueden probar en un laboratorio. Si existe algo real fuera de nuestras propias imaginaciones, sin duda se investigará. Hasta entonces habrá que descartar todo aquello que se mueve en esa difusa frontera que separa nuestras creencias de las alucinaciones.

Interesante verdad....

sábado, 26 de marzo de 2011

El triángulo de la muerte...


Suena a novela, y sin embargo todos tenemos uno ante nuestros ojos… o debajo de ellos, mejor dicho.

El “triángulo de la muerte” es un nombre pintoresco que se le da a la región de la cara que hay desde el labio superior al entrecejo, y que se debe a una peculiaridad de su drenaje venoso. Recordarás que las venas, al contrario que las arterias, tenían válvulas para favorecer el flujo de la sangre, impidiendo que retrocediera. Pues bien: las venas que drenan esta área carecen de esas válvulas, pues la sangre ahí no necesita tal ayuda.

Dónde está el problema, te preguntarás. Imagina te ha salido un forúnculo, un grano bien hermoso. Tan gordo que pasan bacterias a la vena facial, cuya sangre no encuentra ningún obstáculo para refluir hacia el interior del cráneo y hacer un “grumo” de sangre infectada (tromboflebitis séptica) en las venas intracraneales, concretamente en el seno cavernoso o alguna de sus afluentes (venas oftálmicas o cerebrales). Este evento, aunque es raro, les cuesta la vida a un 20-30% de los enfermos: por eso lo del triángulo de la muerte. Y, aunque no mueran, muchos quedan con secuelas debidas a la afectación de los nervios oculomotores que atraviesan el seno, o a una meningitis secundaria.

Y es por eso que se insiste en que no se deben manipular los granos de esa zona de la cara, no sea que al remover semejante masa de bacterias estemos empujando un puñadito hacia donde no deben…


Bibliografía:
DiNubile MJ. Septic thrombosis of the cavernous sinuses. Arch Neurol. 1988 May;45(5):567-72.
Munckhof WJ, Krishnan A, Kruger P, Looke D. Cavernous sinus thrombosis and meningitis from community-acquired methicillin-resistant Staphylococcus aureus infection. Intern Med J. 2008 Apr;38(4):283-7.

martes, 21 de diciembre de 2010

Cómo nos morimos???...


Hace ya dos años cuando mi abuelo falleció, una persona cercana a mi me hizo el siguiente comentario «Si el abuelo lleva un marcapasos para que no se le pare el corazón, y uno está muerto cuando el corazón se para… ¿cómo se puede morir?» Nunca se me había ocurrido que a alguien le interesaría saber cómo nos podemos morir, ni tampoco me había percatado de que hay mucha gente que desconoce eso que podría parecer tan obvio. Así que, basándome en las causas de muerte más comunes, resumo algunos de los mecanismos que hay detrás de ellas. No pretendo ser exhaustivo ni mucho menos, sino simplemente dar unas pocas pistas.

Infarto de miocardio. El corazón no recibe sangre y se muere. Puede ocurrir una arritmia maligna, que hace que el corazón no tenga impulsos para latir. También puede ocurrir que haya tal cantidad de músculo muerto que no se pueda contraer. O que, directamente, el miocardio se rompa, y ahora si como se dice valió todo. O que sea incapaz de movilizar la suficiente sangre y ésta se acumule en el pulmón, causando un edema y muriendo asfixiados lentamente (algo poco agradable, ya que estas muriendo ahogado).

Ictus (accidente cerebrovascular). El cerebro no recibe sangre, los mecanismos de control celulares no responden y se hincha como una esponja (edema cerebral). O quizás hay una hemorragia que lo llena todo de sangre: el caso es que el bulbo raquídeo, que regula la respiración y la frecuencia cardíaca (entre otros), se apachurra contra el hueso y no funciona. Aquí nos moriríamos asfixiados, a no ser que nos ingresen en una UCI (unidad de cuidados intensivos) y nos conecten a un respirador. Pero entonces acabaríamos con una neumonía o un fallo hipofisario. Porque esa es otra: hay cantidad de hormonas que se controlan desde un sitio del tamaño de una cereza, detrás de los ojos. Ese sitio controla el cortisol, que es nuestra gasolina metabólica (no cortisol, no way), o la ADH, que se ocupa de que tengamos los iones apropiados en la sangre. Se altera el sodio, volvemos al edema cerebral.

Cáncer. Un cáncer no mata. Mata las hormonas que segrega, como la adrenalina del feocromocitoma, que provoca una hipertensión arterial brutal que el corazón no puede afrontar. O las que no segrega, como el hepatocarcinoma que no produce factores de coagulación y mueres desangrado. Algo parecido ocurre en las leucemias: tanto producir células cancerosas, al final la médula se olvida de producir plaquetas, y mueres por una hemorragia, o leucocitos, y te mata una infección. O produce demasiadas, se congregan en un vaso, y volvemos al capítulo del ictus. También las consecuencias del “efecto masa”: un cáncer de pulmón que obstruye los bronquios e impide la ventilación y oxigenación de la sangre, un cáncer de colon que ocluye el intestino grueso y causa una perforación, o ese mismo hepatocarcinoma, que impide que la sangre fluya por el hígado y la manda por otros caminos, causando unas varices esofágicas por las que pierdes litros de sangre cuando se rompen. Y, claro, las metástasis de cualquiera, desde el de ovario hasta el melanoma. Por no olvidar las alteraciones generales que provocan en el organismo: un montón de células, metabolizando a todo y dejando sin comida a las sanas (emaciación), a la vez que producen sustancias procoagulantes que causan una trombosis pulmonar. O esas metástasis óseas del cáncer de mama o el de riñón, que se comen el hueso, suben el calcio en sangre y causan una arritmia letal.

Neumonía y otras infecciones. Este es el mecanismo final para muchas enfermedades, desde la demencia hasta el ictus. Fallan los mecanismos de defensa naturales del organismo, desde la tos hasta el bazo, destruido trombosis tras trombosis en una anemia falciforme. Infección chiquitita al principio, va creciendo a sus anchas en un organismo sin cortisol que pueda estimular una respuesta inmune, o sin proteínas por un riñón que falla o un cáncer acaparador. Esa infección libera mediadores a la sangre: del mismo modo que tu piel se pondría roja e hinchada, esos mediadores hacen que los vasos se dilaten y tengan fugas por todas partes (sepsis, que lo llaman), la presión arterial baje, y los órganos empiecen a fallar uno tras otro, desde el riñón que no recibe sangre para filtrar, hasta el corazón, al que no le llega sangre que bombear.

Fallo renal. En cualquier caso, nos interesa tener un riñón contento y funcionando eficazmente. De lo contrario, los iones empezarán a salir de sus niveles, magnesio y potasio para arriba, y nos moriremos de una arritmia si el exceso de urea en sangre no nos ha frito el cerebro antes.

Traumatismo. Este es fácil: desangrado. Más adelante subiré un post con más información respecto a este punto.

En cuanto a la duda concreta del principio un marcapasos no hace que el corazón lata. Valga la redundancia, pero un marcapasos simplemente marca el paso. Estimula el corazón en ciertos puntos para que este, si quiere y puede, se contraiga. Pero si fallan las concentraciones de iones en sangre, se desploma la presión arterial (y/o el volumen sanguíneo), el miocardio no está irrigado o cualquier otra cosa, el marcapasos no sirve de nada.

Por último comentar que si falla el corazón, tenemos fármacos, dispositivos de asistencia, incluso bombas externas que mueven la sangre mientras llega un órgano de recambio. Parecido con el hígado y el MARS, o con el riñón y la diálisis. Pero si el cerebro se jode (disculpen la palabra)… Sayonara, baby...